Ir al pasado sirve para recordar eventos o estados emocionales agradables. También para evitar que nos volvamos a equivocar en una decisión; pero más allá de eso, sólo encontraremos malestar y sufrimiento. Del mismo modo, podemos estar temporalmente en el futuro, por ejemplo cuando queremos soñar en grande, o en el momento de planificar nuestras próximas vacaciones, metas u objetivos; pero de nuevo, mantenerse allí en demasía, nos traerá inevitablemente expectativas, miedo y nerviosismo.

En algunos de los cursos y talleres que realizamos en el “Instituto Emoconciencia” solemos recordar que pasar mucho tiempo en el pasado produce depresión, y si es en el futuro, ansiedad. De modo que el único lugar en el que estaríamos “a salvo” y tranquilos, es en el presente, ese momento en el que teóricamente podemos gestionar con más facilidad lo que sentimos a cada instante…

Sin embargo, una de las situaciones más desagradables que una persona puede experimentar también se produce en presente, y es cuando perdemos la capacidad de gestionarnos emocionalmente. Cuando sucede, todo lo que ocurre hasta volver a recuperar el “control”, estará relacionado inevitablemente con el sufrimiento, y lo denominamos dramatización. Las bruscas reacciones que surgen de una dramatización son consecuencia directa de haber conectado con un miedo antiguo, intenso y profundo, el cual siempre viene acompañado de una gran cantidad de ira, que lo defiende.

Es cuando la impotencia y la soberbia se ponen al mando de la situación, sintiendo la necesidad de llevar razón a toda costa, y al mismo tiempo, que nos entiendan. Es entonces cuando empezamos a culpar a personas y situaciones de todos nuestros males, perdiendo la capacidad de racionalizar lo que decimos, y justificándolo a cualquier precio.

Dramatizar es, literalmente, contaminar el pasado o el futuro desde el malestar que sentimos en el momento presente, y se puede dar en muchas situaciones, por ejemplo en las discusiones de pareja, donde los gritos y las faltas de respeto pueden llegar a ser la norma, especialmente cuando los dos miembros dramatizan al mismo tiempo.

Por fortuna, es fácil de reconocer, porque se exagera la importancia de una situación o conflicto y todo el mundo se siente atacado. Además, se suelen sacar los trapos sucios y recordar todas las cosas que molestaron a esa persona, aunque sean situaciones ya resueltas en el pasado. Es habitual, utilizar toda la artillería disponible contra el enemigo, en este caso el otro. Siendo ese tipo de situaciones a evitar, de las que nunca sacaremos nada bueno, más allá de amargas espinas y largos resentimientos.

Otro ejemplo de dramatización podría ser el de algunas personas muy negativas, que van de una cosa a otra alterando su discurso de mal en peor, llegando incluso a transformar experiencias cotidianas en situaciones verdaderamente catastróficas. Tienen muy acentuada la tendencia de distorsionar cualquier situación, razón por la cual reciben el sobrenombre de “tóxicas”.

A pesar de que la dramatización se da en un mayor porcentaje de mujeres que de hombres, lo cierto es que todos hemos dramatizado alguna vez. Así pues, lo importante es reconocerla antes de que logre apoderarse de nuestras emociones, anulando nuestra capacidad de razonamiento y voluntad.

Y si alguna vez te la encuentras de frente, mi recomendación es que te alejes lo más rápido posible, renuncies a enfrentarte a ella y, por supuesto, a llevar razón. De lo contrario, te acabarás quemando sí o sí.

Texto original de Miguel Ángel Pérez Ibarra para Emoconciencia


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