El miedo a sentir también es vivir con miedo…

En ocasiones me he preguntado si las dificultades en la infancia nos hacen apreciar más las cosas que tenemos y, tras investigar sobre ello, he descubierto algo interesante. Nuestra sociedad tiene un conflicto serio y es el miedo a sentir. Nos pasamos la vida construyendo barreras para evitar sentir dolor, sin ser conscientes de que al bloquearlo también estamos rechazando la alegría.

Hay señales que indican que llevamos demasiado tiempo abusando de estas barreras: Nos sentimos tristes, apagados, sin energía ni ilusión; abusamos de la comida basura, los azúcares o el alcohol; nos cuesta disfrutar del tiempo libre y pasamos mucho tiempo trabajando o delante del ordenador; dejamos poco espacio para los amigos y la familia, aparecen pequeñas molestias físicas que se cronifican y nos resfriamos con facilidad; nos pasamos el día nerviosos y estresados, la lívido se nos baja o sube en exceso, etc.

Si te identificas con tres o más de las señales anteriores, tienes miedo a sentir. Lo más curioso de este miedo proyectado, es que sigue siendo miedo y nos hace sufrir de igual modo. Es importante entender esto; el miedo es miedo, sólo hay uno y aparece cuando dejamos de sentir Amor hacia nosotros mismos. Dicho de otro modo, cuando te culpas o te criticas dejas de amarte, entonces creas el miedo que podríamos denominar “original”.

Cuando tenemos miedo nos sentimos confundidos, ofuscados mentalmente. Para evitar esto el ego se inventa un enemigo a quien culpar: el avión, el fracaso, las arañas, la soledad, la oscuridad, la vida o cualquier persona; y su elección inconsciente es lo que nosotros llamamos miedo proyectado. A partir de ese momento ya tenemos un foco para nuestra mente, ya no se siente perdida, ahora sabe que tiene que alejarse o protegerse de eso que rechaza, le damos una referencia negativa pero referencia al fin y al cabo.

Esta es una buena estrategia del ego, ya que consigue evitar que nos sintamos perdidos, pero nos conecta de forma casi constante con el miedo proyectado que, obviamente, también queremos evitar. El siguiente paso lógico es aislar o minimizar ese miedo proyectado, para lo cual creamos barreras o corazas emocionales diseñadas para esto; sufrimos menos sí, pero también sentimos menos alegría. En definitiva, que en tu afán de sentir menos miedo también sientes menos Amor, luego la estrategia tampoco es buena.    

Vivimos en una sociedad victimista, quejándonos cada vez por cosas menos importantes, con el foco siempre puesto en lo que aún no tenemos, en lo que nos falta. Esta actitud mental nos genera vacío, soledad, ansiedad y estrés. Buscar y encontrar lo que está mal es deporte nacional, de lo contrario eres raro. Las buenas noticias se obvian y las malas se resaltan porque son las que venden, las que generan morbo y se llevan nuestra atención.

Mantener el foco mental en lo negativo es insoportable, la única forma de hacerlo tolerable es creando más corazas o barreras emocionales. Estas rebajan nuestro nivel de malestar hasta el punto de hacernos insensibles. El ejemplo son los noticieros diarios, traen tal cantidad de noticias negativas que nos estamos transformado en personas egoístas, ajenas al sufrimiento de otros, ciegos a la injusticia y carentes de empatía hacia los demás.

Nuestra baja tolerancia al dolor nos aleja de la humanidad de la que formamos parte, sin darnos cuenta de que el miedo a sentir, también es vivir con miedo, una forma reducida y aparentemente controlada de temor, pero miedo al fin y al cabo y, así, es complejo estar alegre, amarse o amar a otros. Nos enfocamos en los problemas que no podemos solucionar y en evitar los conflictos que no queremos aceptar.

Entonces ¿las dificultades de la infancia nos hacen apreciar más las cosas? Pues todo depende de dónde hayas nacido, de cómo tus padres y tu familia hayan lidiado con las situaciones dolorosas. Unos padres o cuidadores emocionalmente inteligentes te enseñan a llevar el foco mental hacia el lado positivo de la vida, a lidiar con el dolor y a aceptarlo y, eso es lo mejor que te podría pasar.

Si aceptas el dolor como parte de la vida, no necesitas crear barreras ni corazas para evitarlo. Tu puerta está abierta para lo que tenga que venir, sea agradable o no, sabes manejarte con ello, ver la alegría en los pequeños detalles. Por eso acostumbro a decir que el “karma” no es tanto el país o las circunstancias en las que naces, sino en la familia donde lo haces… Su educación y ejemplo determinan gran parte de tu fortaleza, resiliencia, capacidad de agradecer y hasta la propia felicidad.

¿Y qué pasa si nuestra familia tiene una actitud negativa? Por fortuna, hoy sabemos que podemos cambiar, que si quieres, tu cerebro puede transformarse en lo que desees, enfocarse en lo positivo y desarrollar casi cualquier cualidad. Como si del cuerpo se tratase y, a pesar, de nuestras limitaciones, podemos llegar a ser felices practicando para lograrlo.

El dolor es una oportunidad, no existen emociones buenas o malas, todas son importantes. Sin sentimientos supuestamente negativos no se harían canciones que derrocharan sentido y sensibilidad para conmover a otros, no existirían las artes, ni la música, ni la pintura, pues estas se crearon para expresar a muchos lo que unos pocos sentían. Todo sentimiento es útil cuando aceptas lo que es, un pequeño milagro que nos convierten en humanos.

¡Te deseo una sensible y agradable semana!


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