¡Vale! Aceptémoslo, ya hemos pasado por esto antes. Y si como yo, tienes más de 18 años, ten la seguridad de que lo has experimentado varias veces en tu vida. Y da igual que haya transcurrido más o menos tiempo, o que no lo quieras recordar o reconocer, los cambios siempre se están produciendo. Es cierto, nada más llegar a este mundo, las cosas comienzan a cambiar, iniciándose una transformación de la que no podemos escapar, un crecimiento inevitable y constante al que, sí o sí, nos tenemos que adaptar.

Desarrollarse física y emocionalmente todos los días, implica altibajos en el estado de ánimo, y esto lo tenemos asociado al dolor, algo aparentemente prohibido en el mundo de los adultos y sus relaciones. Es como si nos hubieran educado para estar siempre felices, contentos y preparados para todo, al menos de cara a la sociedad, porque cuando llegamos a casa, todo eso cambia, y quienes lo sufren son nuestros seres queridos. Al fin y al cabo, ya se sabe… “donde hay confianza, da asco”.

El cambio, es una constante en la vida, y de hecho, es de las pocas cosas que no podemos controlar. Sin embargo, hacemos todo lo posible por intentar evitarlo, maquillando nuestro dolor, rellenando nuestro tiempo con mil quehaceres que nos obligan a correr de un lado para otro como “pollos sin cabeza”, pero sobre todo, evitando sentir y pensar en ello, ya que eso nos haría conscientes, lo cual, nos obligaría a tomar cartas en el asunto.

El problema de esta actitud, es que no es un problema, sino un conflicto interno. Algo que no podemos resolver afuera, aunque sí disolver adentro. Por esta razón, cuando todo parece estar bien, cuando por fin creemos estar tranquilos, suele ocurrir algo que nos echa todo por tierra, y es entonces cuando maldecimos, nos quejamos y culpamos a otros de nuestra “mala suerte”. Todo con tal de evitar tomar nuestra propia responsabilidad, sentarnos con nosotros mismos, y meditar sobre cómo afrontar los inevitables cambios, aquellos que seguramente llevamos mucho tiempo evitando.

¿Y cómo podemos seguir creciendo sin el sufrimiento que se le supone? Como decía Buda, “El dolor es inevitable, pero el sufrimiento es opcional”. No nos damos cuenta, de que al intentar anestesiar los pequeños dolores de la vida, nos resistimos a ellos, transformándolos así en grandes sufrimientos. La solución como siempre, está en enfrentarse a nuestro miedo, y lo podemos hacer en tres fases:

1. “Reconocer”, lo que implica darnos cuenta de aquellos conflictos internos que nos duelen y llevamos años ocultando.

2. “Pensar”, esforzarnos en cambiar la perspectiva interna, transformando los pensamientos automáticos que erradican toda idea creativa y opción de cambio.

3. “Responsabilizarse”, comenzar a actuar de forma diferente, hacer cosas distintas, y eliminar todo resquicio de victimismo evitando culpar a los demás y a nuestras circunstancias.

Cómo decimos en nuestros ando al Maestro “nadie crece sin necesidad”, luego el dolor es preciso para movilizar nuestros recursos internos, de lo contrario, nos quedaríamos apoltronados en la aparente comodidad de nuestro ego, revolcándonos en el sufrimiento, víctimas de nuestro propio victimismo.

Recuerda que no puede haber luz sin oscuridad, ni crecimiento sin dolor. Y que como decimos en Emoconciencia, “Siempre, es el mejor momento…”

Texto original de Miguel Ángel Pérez Ibarra para Emoconciencia


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