Pasamos gran parte de nuestra vida ganando todo el dinero posible a costa de nuestra salud, para luego intentar recuperar toda la salud posible a costa de nuestro dinero”. Seguramente alguna vez habrás escuchado una frase similar a esta. Y a pesar de que casi todos estamos de acuerdo con ella, a menudo empezamos a otorgarle verdadera importancia a partir de la segunda mitad de nuestra vida. Desgraciadamente, darle un mayor valor no implica iniciar los cambios necesarios para modificar nuestros hábitos y costumbres poco saludables.

Soy consciente de la necesidad de disponer de cierto tiempo y dinero para poder nutrirse con alimentos de calidad, realizar una actividad física adaptada, o darnos el tiempo necesario para descansar adecuadamente. Aunque también estoy seguro de que gastamos una parte importante de nuestros recursos de tiempo y dinero, en objetos y experiencias poco fructíferas. Al fin y al cabo somos seres sociales, y a menudo nos dejamos arrastrar por nuestro entorno con demasiada facilidad, cayendo una y otra vez en los mismos errores simplemente porque la familia, vecinos y amigos también lo hacen.

Creo que es muy importante que reflexionemos sobre todo esto a menudo, pero como no siempre sacamos el tiempo necesario para hacerlo, me gusta hablar y escribir sobre ello de vez en cuando. El tiempo pasa y cada vez estamos más acomodados en un estilo de vida cuyo objetivo no prioriza nuestra salud y felicidad, aunque nos intenten vender lo contrario a través de prensa, radio y televisión. De continuar así, estamos condenados a una sociedad sin valores conscientes, los que dan sentido a todo lo que hacemos, nuestro “para qué”. Una sociedad cada vez más insensible, que tan sólo se moviliza cuando algún terrible incidente ocupa las portadas de periódicos y noticieros.

Ser conscientes de nuestros valores, lo que significa conocer el “para qué” y “desde donde” hacemos las cosas, nos aporta un valor mucho mayor del que podamos imaginar. Nos pone en conexión con nosotros mismos, lo cual nos facilita el inicio de un camino con más curvas, pero con menos obstáculos. Para ello, hemos de reconocer primero que hemos elegido experimentar un camino aparentemente más fácil pero también más incómodo, y que no lo hemos hecho a través del reconocimiento de nuestros valores, sino por la imitación de patrones de conducta implícitos en la familia y el entorno cercano.

No te culpo, a mi también me enseñaron a hacerlo al revés. A darle más importancia a lo externo que a lo interno; a buscar reconocimiento y Amor afuera, en lugar de encontrarlo adentro; a amontonar títulos en lugar de experiencias; a gastar mi tiempo y dinero en “cositas” para aparentar, en lugar de invertirlos en conocimiento y sabiduría; y a pensar que los demás son más importantes que yo, en lugar de verlos como iguales. Si me amo te amo, si me valoro te aprecio, si encuentro mi camino, facilito el tuyo. Lograr la paz y la felicidad nos transforma en buenos ejemplos, en agentes de cambio para otros.

Imagina un mundo donde la mayor satisfacción sea ayudar a otros ayudándote a ti mismo. Yo he decidido dejar de imaginarlo para hacerlo realidad. Si te gusta la idea, me sentiré feliz de indicarte el camino. Uno aparentemente más incómodo, y sin embargo repleto de alegría y satisfacciones.

Texto original de Miguel Ángel Pérez Ibarra para Emoconciencia


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