Muchos habréis pensado alguna vez, al menos de un tercero, lo que nos gusta pasarlo mal. Y es que en esto del sufrimiento somos auténticos maestros, aunque el verdadero mérito recaiga sobre nuestro ego… Y lo consigue principalmente de dos formas:

La primera se trata del clásico malestar genérico; con el que nos podemos sentir apáticos, tristes, inseguros o sencillamente enfadados en general… Nos puede ocurrir al levantarnos, al romperse una de nuestras habituales expectativas, o incluso por cualquier evento ajeno que relacionemos con nosotros de una forma u otra, y casi siempre sin darnos cuenta.

La segunda forma de sabotearnos y sentirnos mal es a través de un malestar específico, en este caso el ego elige un asunto al que otorgarle una especial importancia. Para ello suele tener al menos uno o dos temas particulares, que además pueden ir cambiando con el tiempo; al fin y al cabo conoce perfectamente nuestras “debilidades”, y le encanta insistir con ellas, sabedor de que así nos vamos a desesperar con facilidad…

Imagino que te habrás sentido mal de alguna de estas dos maneras con más o menos intensidad y asiduidad, y aunque no todo el mundo está atento a este tipo de conflictos internos, el no ser consciente de ellos tampoco evita el malestar que tengan asociado…

Curiosamente, y a menudo sin darnos cuenta, casi todos tenemos las mismas dos formas de actuar internamente: La primera es “Resistirse”, o lo que es lo mismo, aguantar y asumir que llevamos encima esa carga y que poco o nada podemos hacer; pero ya sabes, “Lo que resistes, persiste”, y como el cuerpo y la mente se adaptan, acabarás encontrándote mejor, pero con seguridad que ese pesar volverá a visitarte en el futuro.

La segunda forma es tratar de pensar de donde viene el problema, llegando muchas veces al convencimiento de que lo hemos encontrado, algo que rara vez es cierto, puesto que se trata de un conjunto de situaciones, juicios y emociones asociadas entre sí, que hacen del conflicto algo tan persistente y aterrador, que nada más percibirlo ya sentimos la ira, el dolor, la frustración o el hartazgo que consiguen desgastarnos física y psicológicamente.

Y es que se nos olvida que nuestro estado natural es sentir, no pensar… Olvídate de buscar los orígenes de tu sufrimiento, tan de moda últimamente. Date un respiro, busca un sitio tranquilo donde puedas conectar con aquello que sientes sin resistencia ni prisas, un momento contigo mismo, un lugar donde la respiración profunda y el permitirte sentir, sean las únicas herramientas necesarias que necesites para dejar ir aquello que ya no te pertenece, pero que aún mantienes no-conscientemente.

Es en esos momentos, cuando te observas y entras en contacto contigo, cuando se obra el milagro, y entonces, se enciende la luz que te permite ver las soluciones que necesitas, incluso con los conflictos más profundos. Practicando a menudo le sacarás todo el jugo…

Texto original de Miguel Ángel Pérez Ibarra para Emoconciencia

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