El haber tenido hijos no garantiza comprender algunos conceptos que, siendo bien conocidos, nos siguen sorprendiendo y afectando. Los niños nos traen más enseñanzas de las que podemos imaginar, aunque no del modo que solemos pensar. Sabemos que los hijos copian gran parte de nuestras conductas y actitudes, sin embargo, es menos conocido que lo hacen a un nivel mucho más profundo del que podíamos imaginar.

Un niño, copia de sus padres más información relativa a lo que estos sienten cuando hacen las cosas (el desde donde), que lo que hacen en sí mismo (el qué), y lo consiguen gracias a que nos perciben a un nivel emocional que los adultos dejamos de practicar hace mucho tiempo. Tanto es así, que para conseguir mejoras conductuales en niños menores de 12 o 13 años, es mucho más económico y productivo trabajar con los padres que con los hijos.

Más allá de mi propia experiencia en consulta, existe una razón de peso para realizar esta afirmación con total seguridad. Un niño genera y percibe un número de emociones y sentimientos muy superior a los de un adulto, y la intensidad con la que experimenta dichas emociones también es mucho mayor. Por tanto, si trabajamos y “limpiamos emocionalmente” a un niño menor de 13 años, es muy probable que vuelva a copiar de sus padres la misma conducta, repitiéndola en un corto periodo de tiempo.

Otra particularidad, es que los hijos reproducen conductas que sus padres tuvieron cuando tenían una edad similar, aquello que se les quedó pendiente. Lo que hacíamos de niños desde el miedo, la ira, la soledad o la tristeza, va a ser reflejado por nuestros hijos, que lo harán desde la inocencia, pero también con sinceridad y crudeza. Esto puede afectarnos bastante, sintiendo la tentación de reproducir lo que nuestros padres a su vez, nos hacían a nosotros en situaciones similares, aunque siempre lo hayamos rechazado.

Los niños son una maravilla, pura alegría y creatividad, y también una gran oportunidad para aprender aquello que los adultos, dejamos pendiente y sin resolver hace mucho tiempo. Ellos nos reflejan lo mejor de nosotros, pero también lo peor y más oculto. Y ya sabes, “la vida es una gran maestra, y te repite la lección una y otra vez hasta que la aprendes”, y si no es con los hijos, será con los nietos, o con los sobrinos… 😉

Texto original de Miguel Ángel Pérez Ibarra para Emoconciencia


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