En nuestros caminando al Maestro Interior” explicamos las necesidades del ego y algunas de sus características, por ejemplo, que unas se retroalimentan a otras. Como seres sociales, los humanos tenemos una fuerte tendencia a relacionarnos con los demás y, al mismo tiempo, a conservar nuestra propia individualidad. Es como si tuviéramos la seguridad de que colaborar y compartir junto a otros nos hiciera sentir mejor, y al mismo tiempo se nos despertara un miedo a que nos “robaran” una parte de nuestra libertad individual, de nuestro “yo” (ego). Su consecuencia, un conflicto interno…

Sabemos que compartir nuestro tiempo con otros nos hace sentir muy bien, aunque esas sensaciones apenas duran unas horas, o como mucho unos pocos días; por ejemplo, un fin de semana en una casa rural con amigos. Más allá de esos límites temporales comenzamos a ponernos nerviosos, estamos deseando volver al hogar, a ese refugio donde se respeta nuestra individualidad y nadie pone en duda el cómo pensamos o actuamos. Una vez en casa, nuestro ego se siente seguro y protegido, puede hacer lo que le venga en gana sin que nadie lo juzgue. Volvemos a sentirnos bien, pero anhelamos el contacto con la gente.

Entre las funciones del ego, está la de justificar todo aquello que percibimos a nivel emocional, de manera que si nos sentimos bien, lo justificamos pensando que en ese momento no tenemos problemas o conflictos con nada ni con nadie. Y si nos sentimos mal, es porque en ese instante tenemos problemas o conflictos con algo o con alguien; y esta no es la realidad objetiva, sólo es “nuestra verdad justificada”. Lo cierto es que hay muchos factores por los que podemos sentir sensaciones agradables o desagradables, pero los más importantes están relacionados con nuestro nivel de energía y enfoque mental, es decir, en qué estamos o hemos estado pensando en las últimas 24 horas.

Es bueno recordar que a toda acción le sigue una reacción, y a menudo se nos olvida que “pensar” es una acción que inevitablemente tiene una consecuencia, pero como no podemos ver los pensamientos, creemos que sus consecuencias tampoco, y sin embargo sus resultados siempre se perciben en nuestro cuerpo, y en ocasiones muy intensamente.

Cuando me siento mal o algo me disgusta, lo intento transmitir expresando la suma de lo que pienso y siento, razonándolo de manera más o menos lógica. Sin embargo, en lo más profundo de mi propio malestar, nace otra de las necesidades del ego, la de tener razón, y de ahí mi insistencia en que me entiendas. Si no ocurre así, no me vas a dar la razón, lo que me produce una gran impotencia y frustración de la cual te culpo. Cuando la ira me confunde, busco nuevas maneras de expresarte lo mismo, repitiéndome inevitablemente; o pierdo el control de mis emociones, elevando la voz y cambiando el tono de palabras mal seleccionadas. El otro se siente agredido, y comienza la batalla… ¿Te suena?

Texto original de Miguel Ángel Pérez Ibarra para Emoconciencia

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