Hace meses escribí sobre lo poco que celebramos todo lo bueno que ya tenemos, ya que nuestra mente está más habituada a enfocarse en lo que nos molesta y nos desagrada, que en lo que nos gusta y nos hace sentir bien. Todo ello consecuencia directa de una educación deficiente, y de patrones de conducta adoptados de familia y amigos desde la niñez. De este modo, cuando decidimos darnos “un respiro” tras una semana de intenso trabajo, pensamos que la mejor forma de hacerlo es comiendo, bebiendo o fumando en exceso, un patrón de conducta nocivo para nuestro cuerpo, con la pobre justificación de “desconectar”.

Es una extraña aunque habitual asociación, pero cuando llegamos al final de la semana, o incluso cuando “celebramos” una buena noticia, intoxicamos nuestro cuerpo con sustancias que él percibe como desagradables y que lo hacen trabajar en exceso, en lo que se convierte en una verdadera celebración del malestar, y ni siquiera somos conscientes de ello. ¿Te has planteado alguna vez cómo se siente tu organismo cuando tu mente le dice que celebra algo y al mismo tiempo lo intoxicas de forma voluntaria? Cada una de tus “celebraciones” tiene una implicación negativa para tu cuerpo, quizá tu mente disfrute, pero a él mientras tanto le está sobrecargando, inflamando y doliendo.

Cuando bebes, tu cuerpo se satura, el hígado hace lo imposible por eliminar el etanol que consumes, y comienzas a sentir confusión mental. Tu mente lo puede vivir como un estado de euforia y desinhibición, sin embargo el organismo anda tenso y revolucionado, intentando evitar un posible desastre. Te cuesta tomar decisiones, entrando en una exaltación emocional que vela más por tus instintos primarios que por tus intereses cognitivos, obviando cualquier estrategia y planificación previas. Y si continúas bebiendo, todo comienza a empeorar, te deshidratas y tu cuerpo sufre un fuerte malestar que, tarde o temprano, acaba alcanzando a tu mente, deprimiéndola. Y eso sin contar con la resaca…

Cuando fumas, las 7.000 sustancias tóxicas que contiene el humo pasan a tus pulmones, nicotina, amoniaco, propano y metano entre otros contaminan tu sangre, la cual circula por tus arterias, llegando a tejidos y órganos de todo el cuerpo, incluidos corazón y cerebro. Todo lo que la sangre contaminada toca lo inflama, lo estrecha y lo endurece, aumentando los niveles de triglicéridos. El sistema inmune se sobreexcita en su intento de combatir las sustancias tóxicas que introdujiste en tu organismo, aumentando la posibilidad de sufrir una enfermedad autoinmune. Y por si fuera poco, cuando la nicotina llega a tu cerebro, altera su balance químico, lo que facilita el desarrollo de la adicción. Tu mente piensa, “me quito la ansiedad fumando”, tu cuerpo sabe y siente “Esto nos está matando…”.

Yo no soy un radical, de hecho bebo ocasionalmente dentro de los hábitos y costumbres antes comentados, aunque cada vez lo hago con más conciencia y espaciado en el tiempo. Del tabaco, poco hay que comentar, no aporta nada y sí genera grandes daños al organismo, y todo esto sólo por hablar de las drogas blandas o legales. Lo importante aquí, es comprender desde donde hacemos las cosas, y si vas a dañar tu cuerpo, que lo hagas con conocimiento de causa, y no sólo dejándote llevar por lo que todo el mundo hace. Si vas aumentando tu conciencia sobre lo que consumes, será un gran paso hacia una mejor salud física y mental, y poco a poco irás renunciando conscientemente a ello.

Texto original de Miguel Ángel Pérez Ibarra para Emoconciencia


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