Si te pones a pensar en cómo están las cosas, es probable que te molestes; y si además ves las noticias y los periódicos, es muy fácil que te desanimes y vuelvas a perder la esperanza en que las cosas pueden mejorar. Si te pones a pensar, ya tenemos otro país que amenaza con provocar una nueva guerra mundial; otro dirigente en apariencia inepto, como presidente de la nación más poderosa del mundo. Un nuevo tipo de terrorismo, más salvaje y despiadado. El independentismo de siempre con nuevas fichas sobre el tablero. Un número de parados al que nos hemos acostumbrado, y una clase política cada vez más corrupta que la anterior, pero con menos vergüenza.

Al final, te quedas con cara de bobo pensando que lo han vuelto a conseguir, que 10 años después, estamos peor que antes aunque, eso sí, más anestesiados. Parece que sólo nos ponemos de acuerdo en que nos da igual y que poco o nada podemos hacer; que como todo está hecho un desastre, la mejor opción es bajar los brazos y seguir pensando en frases tipo “Esto tiene que reventar por algún sitio…”. Y es probable que así ocurra, al fin y al cabo, nos guste o no, somos creadores de una realidad conjunta, la que construimos juntos con nuestros actos y formas de pensar. El resultado de todo esto es poco agradable, creemos no poder hacer nada para cambiar las cosas, y nos convertimos en víctimas de la situación externa que experimentamos; prisioneros de nosotros mismos.

En mayor o menor medida, todos somos presos de nosotros mismos y nuestras circunstancias. Prisioneros de todo tipo de paradigmas sociales, culturales y religiosos; y en especial, de paradigmas familiares que le otorgan valor y dan soporte a todos los anteriores. Cada lealtad familiar, es un barrote en la reja de nuestra prisión invisible, la peor de todas las cárceles que existen, la que no es consciente para nosotros y, por tanto, de la que nunca querremos escapar.

¿Y entonces? La clave, como siempre, está en darse cuenta; de lo que no me gusta; de lo que suelo evitar y sin embargo me encantaría hacer; de los temas que me molestan aunque no vayan conmigo, de hacer las cosas porque disfruto y no porque sufro al dejar de hacerlas; y en definitiva, de transformar el “no me gusta” en un “prefiero”, y el “te quiero” en un “te amo”, con todo lo que eso significa…

Texto original de Miguel Ángel Pérez Ibarra para Emoconciencia

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