En ocasiones se dan circunstancias que nos provocan reacciones sorprendentemente desagradables en nosotros mismos y en los demás. Reza el dicho, que nunca terminas de conocer a alguien, por muchos años que pasen, ni siquiera a las personas con las que compartimos nuestra vida. Piensa que la inmensa mayoría de nosotros rara vez nos paramos a reflexionar sobre cómo pensamos o actuamos, y al no hacerlo, es imposible conocer a otros; básicamente porque lo que juzgas de ellos siempre lo sientes tú…

Como suele ser habitual, es más fácil recordar los comportamientos inadecuados de las personas de nuestro entorno que los propios, aunque seguro que también los hemos tenido muchas veces. Dichas conductas y actitudes pueden llegar a ser de tal magnitud, que se acaban convirtiendo en auténticas transformaciones de personalidad, diciendo y haciendo cosas que nunca hubiéramos imaginado en esa persona o en nosotros mismos.

¿Quién no se ha sentido mal por situaciones de poca trascendencia? ¿Quién puede decir que nunca ha perdido el control? Y con esto no sólo me refiero a gritar o a romper cosas, también puede tratarse de un llanto irrefrenable (como si fuéramos niños) o una absoluta incapacidad para ver soluciones sencillas en problemas objetivamente simples.

¿Te gustaría saber por qué nos ocurre? Pues básicamente como consecuencia de una descarga de químicos que se producen en el cerebro y en las glándulas suprarrenales, y que entran en nuestro flujo sanguíneo. Pero para que esto se produzca debe de existir previamente algún somático o bloqueo emocional que las dispare, algo así como volcanes emocionales que están a la espera de que algo los empuje a soltar esa lava o carga emocional que queme todo lo que hay alrededor.

El Ser humano es capaz de lo mejor y de lo peor, pero antes de criticar deberíamos recapacitar sobre el origen de dichos juicios, que no es otro que nuestro propio miedo. Ya sabemos que bajo condiciones específicas todos podríamos hacer auténticas barbaridades, aunque luego nos pasáramos la vida justificándolas, son nuestras luces y sombras, y es algo con lo que tenemos que vivir, pero sobre todo que aceptar. Eso sí, aceptar no significa conformarse ni resignarse, de hecho, es todo lo contrario; se trata de reconocer y trabajar en el conflicto interno que origina la tormenta.

¿Y qué podemos hacer para librarnos de los bloqueos emocionales que disparan estas situaciones tan desagradables? Para empezar, reconocer que algo no va bien; si no soy capaz de admitir un problema, difícilmente voy a poner los medios para solucionarlo. Ahora bien, una vez que reconozco que tengo un conflicto o bloqueo emocional, hay que empezar a trabajar con él, a respirarlo… Es decir, cuando tenga tranquilidad, puedo recordar uno de esos episodios y conectarme con alguna de las sensaciones desagradables que me producen, en un nivel mucho más controlable, por supuesto.

A partir de ahí sólo tengo que respirar lenta y profundamente, un máximo de 10 veces, observando y aceptando aquello que estoy percibiendo. Es como darle espacio a lo que siento, sin rechazarlo ni omitirlo, es mío, es mi sombra y debo integrarla para que colabore. De lo contrario, siempre estará generándome desconcierto y malestar. Y recuerda, las cosas no son ni fáciles ni difíciles, sólo se trata de ponerlo en práctica, ya que todo lo que practicas, más tarde o más temprano, te acaba saliendo bien. Escríbeme si tienes dudas a: info@emoconciencia.miguelangelperezibarra.es

Y ya sabes lo que decimos en Emoconciencia: ¡Siempre es el mejor momento para empezar…! ☺

Texto original de Miguel Ángel Pérez Ibarra para Emoconciencia

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