Siento una especial fascinación por el arte de la fotografía, aunque he de reconocer que mi relación práctica con ella, a ambos lados del objetivo, siempre ha sido cuando menos confusa. Por su singularidad, belleza, simbología o por el filtro utilizado por el artista, las fotos pueden llegar a tocar lo más profundo de nuestro ser, e incluso, transportarnos más allá del tiempo.

La mente no-consciente procesa información a través de imágenes que impregna de sentimientos y emociones. A estas “fotos mentales” se les llama improntas, y los mejores fotógrafos tienen la habilidad para captar esos instantes que a muchos se nos escapan; pero ante todo, una especial sensibilidad para dejar su propia impronta contenida en la instantánea.

Ahora, cierra los ojos, no te hace falta cámara para recuperar las mejores improntas de tu vida, están ahí, esperándote; un abrazo de mama, el primer regalo, un atardecer en compañía o la increíble sensación del primer beso. También podemos acceder a lo bueno, aunque no nos lo hayan enseñado, sólo párate, visualízalo y saborea el momento todo el tiempo que te plazca.

Y es que para mí, el mejor resumen de una vida, es el más bonito de sus instantes…

Texto original de Miguel Ángel Pérez Ibarra para Emoconciencia

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